VIAJAR Y EL SENTIDO DEL ASOMBRO

 Viajar nos permite despertar nuestro "sentido del asombro" el cual yace adormecido en nuestro interior ante la predecible cotidianeidad. Cuando viajamos nuestra disposición ante la vida cambia: observamos con curiosidad, disfrutamos como quien descubre algo por primera vez, contemplamos nuestro entorno sintiendo que probablemente será la última oportunidad para experimentar esas sensaciones únicas.
Lago Khami (Argentina, 2013)
Estoy parafraseando a Rachel Carson que en su libro El sentido del asombro nos alienta a descubrir la grandeza de la naturaleza y, simultáneamente, a acompañar y a proteger a los niños en su capacidad para vivir asombrándose ante todo. En menos de treinta páginas Rachel Carson consigue transmitir su capacidad para disfrutar de los placeres que se viven en contacto con la naturaleza si somos capaces de identificar los milagros de la vida.  


Parece que los adultos -y los niños que tempranamente han perdido su sentido del asombro- sólo podemos disfrutar ante experciencias "vertiginosas", pero no es cierto. Podemos asombrarnos a cada paso si nuestra curiosidad se mantiene intacta. Para sentirse así no es necesario viajar, no hay que subirse en una montaña rusa, no hay que comprar cosas nuevas... Hay que buscar la comunión con la naturaleza, hay que ser paciente, hay que ser observador... Así recuperarás tu sentido del asombro. Como dice Rachel Carson, si las personas pensásemos que estamos ante nuestra última oportunidad, las noches se llenarían de observadores de estrellas, de meteoritos, de planetas y lunas, saldríamos a bañar nuestra cara con las gotas de lluvia o nos aventuraríamos con una lupa en busca de los secretos de flores e insectos. Disfrutaríamos como si fuese la primera vez, como hacen los niños...  
No sé cómo ocurre pero es maravilloso sentir que en mi cerebro siguen activas esas conexiones, descubrir que me emociono ante la observación de la luna cuando surge majetuosa sobre el mar en el horizonte, cuando florecen los almendros en el Maset, cuando me detengo ante estas cosas previsibles pero que siguen siendo asombrosas para mí.
Sin embargo, no puedo negarlo, el día a día tiene un efecto adormecedor sobre mi sentido del asombro. Es por ello que debo estar atenta y protegerlo. Y soy plenamente consciente que es al emprender un gran viaje cuando mis células se oxigenan profundamente, cuando la vitalidad fluye por mis venas... Lo noto en mi piel, lo noto en las facciones de mi cara, lo noto en mi disposición a vivir un nuevo día... Me gusta esa sensación de llevar la mochila "a cuestas", pero estoy comprometida conmigo misma para hacer que el asombro surja en mí a cada instante, tal y como ha ocurrido al leer El sentido del asombro de Rachel Carson.

Tunxi (China, 2005)

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