BALANCE DE NUESTRA EXPERIENCIA

Realmente es difícil expresar todo lo que ha supuesto este viaje para nosotros en unas pocas líneas. Cuando tan solo era un proyecto y tratábamos de imaginar lo que nos aportaría esta experiencia apenas vislumbrábamos ligeramente lo que ha llegado a enriquecernos en realidad. Después de viajar miles de kilómetros para recorrer la costa pacífica de Sudamérica, desde su extremo más meridional, en Tierra del Fuego, hasta el apartado e insólito archipiélago de las islas Galápagos, podemos decir que nuestra visión de la vida se ha ampliado significativamente y que nos hemos visto obligados a desechar bastantes ideas y pensamientos que parecía que iban a estar arraigados en nuestra mente de por vida. 

Una experiencia así te cambia, necesariamente. O por lo menos hace que un cambio que tal vez ya estaba en marcha se consolide y se torne definitivamente irreversible. Porque esta experiencia no se reduce a todos aquellos aspectos que pueden ser fácilmente cuantificados. Estuvimos 166 días fuera de casa, recorrimos unos 40.000 kms, estuvimos en 3 países diferentes, volamos a bordo de 9 aviones y 1 avioneta, navegamos a bordo de 2 ferrys, 8 lanchas, 1 bote de remos y 1 kayak, tomamos 18 autobuses de ruta, 20 microbuses y 10 autobuses urbanos, circulamos sobre 1 trolebús, alquilamos 8 coches, subimos a 15 veces en funicular y 1 en telesilla, tomamos 21 taxis, 3 colectivos y 4 servicios de transfer, montamos en 1 tren, 1 tranvía y 6 metros, hicimos 13 desplazamientos con las personas que nos alojaban, montamos 1 vez a caballo e hicimos autostop en 4 ocasiones, cocinamos en 24 cocinas diferentes, dormimos en 27 camas diferentes, hicimos 5330 fotografías y 513 vídeos y nos gastamos más de 28.000 €.
Además hay un sinnúmero de aspectos igualmente reseñables pero que no nos entretuvimos a cuantificar: los centenares de personas con las que hablamos, las docenas de comercios en los que compramos o de restaurantes donde comimos, los kilómetros que caminamos –por calles, carreteras, playas, senderos…-, los miles de árboles bajo cuya sombra estuvimos, las docenas de ríos, lagos y lagunas que contemplamos, los miles de pingüinos que encontramos, las docenas de volcanes de admiramos, los centenares de lobos y leones marinos que nos salieron al paso, las docenas de glaciares que vislumbramos, los centenares de cumbres montañosas que nos retaron, las docenas de delfines que vimos, el puñado de ballenas que nos resoplaron, los miles de iguanas que nos ignoraron, los centenares de tortugas terrestres que se nos acercaron curioseando, el puñado de tortugas marinas que nos huyeron, las docenas de tiburones que nos dejaron boquiabiertos… En fin, podríamos “contar” tantas cosas, puestos a “contar” incluso podríamos “contar” el número exacto de inodoros que utilizamos. Pero esa no es la cuestión, obviamente.


Guayaquil (Ecuador, 2013)
En realidad, podríamos decir que lo más reseñable del viaje se desarrolló en torno a una mesa. Aquel fue, sin duda, un punto de encuentro. De encuentro con nosotros mismos, por supuesto, pero también con otras personas. Justo lo que andábamos buscando. Como dice un amigo, al que conocimos precisamente allí, hay lugares –ya sean trabajos, personas, experiencias o espacios físicos- a los que no llegas tú, sino que son éstos los que te buscan a ti y te encuentran, por mucho que trates de esconderte. 

Durante todo el viaje estuvimos buscando un lugar como aquél, pero al fin fue aquel lugar el que nos llamó a nosotros. Allí no éramos turistas, sino personas y nuestro anfitrión no era un profesional de la hostelería, sino un hombre, sin más. Cada noche nos preparaba la cena y se sentaba a la mesa con nosotros para hablar, con nosotros y con las otras personas que se cobijaban bajo su techo. Como anfitrión, era el mejor, puesto que lo único realmente valioso de todo lo que ofrecía era a sí mismo. Ese es el secreto, al fin. Se trata de vivir y ofrecer a los demás algo de nosotros mismos que está más allá de esa máscara acartonada que mostramos habitualmente y bajo la cual se oculta y se ahoga insufriblemente nuestra sensibilidad. 
 
Refugio Tinquilco, Pucón (Chile, 2013)
En torno a él surgieron amistades y lazos de los que perduran durante toda una vida. Nuestros mejores pensamientos surgieron allí también, como la semilla que brota espontáneamente en la tierra más propicia. Descubrimos en aquel lugar, con meridiana claridad, que aquello era lo que queríamos –lo que habíamos querido siempre y que en tantas ocasiones hemos estado buscando a tientas sin llegar a alcanzarlo plenamente-: descubrimos en nosotros el deseo de que nuestra casa, de que nuestra aula… de que nuestra vida entera sea un refugio para las otras personas, como lo era para nosotros la casa abierta y acogedora de aquel hombre.

Todo lo que aprendimos en este viaje se resume en esta experiencia sencilla e íntima, aunque son muchos los caminos que nos han llevado hasta ella, como líneas que convergen en un mismo punto, como los radios que se unen en el eje en torno al cual gira toda nuestra existencia. Cada uno de los pensamientos que nos han surgido durante estos meses son, así pues, atisbos, insinuaciones, premoniciones o aproximaciones a esta misma idea: pensamientos que han surgido en contextos muy diversos, pero que confluyen en una misma dirección, aquella que apunta directamente hacia la esencia misma de nuestros desvelos existenciales. Toda esta trama de pensamientos constituye el meollo de nuestra experiencia, una trama que hemos urdido parsimoniosamente, durante todos estos meses, y que exponemos ahora, al final de nuestro periplo, a vuestra mirada crítica, pero receptiva.


Escribir este blog nos ha servido para hacernos más conscientes de nuestra experiencia. Buscar un momento para volver sobre nuestros pasos y contemplar serenamente el camino andado es un quehacer estimulante y saludable. Desde hace años lo ejercemos, plasmando nuestras impresiones en nuestros respectivos diarios personales. También llevamos con nosotros un diario que recoge nuestra singladura como pareja. Y el día en que nuestros hijos vieron la luz nació con ellos un sencillo diario –uno para cada uno de ellos- en los que registramos sus progresos y “retrocesos” desde nuestra óptica amorosa y necesariamente sesgada. Estos son cuadernos privados, que nunca han trascendido. Los leemos y releemos nosotros. Pero nadie más. Ahora, con el blog, se trataba de hacer “otra cosa”. Al inicio nos asaltaba la duda de si estábamos violando nuestra propia privacidad, pero algo nos impulsaba a escribir y a compartir lo que escribíamos. Con el tiempo hemos comprendido que no ansiábamos convertir nuestro viaje en una especie de “reality show”, puesto que no ofrecíamos nuestra vida a miradas indiscretas movidas por una curiosidad morbosa. A través de nuestra forma de contar nuestras peripecias aspirábamos a estimular, ciertamente, el deseo de saber. Pero no sobre nosotros, sino que deseábamos que, a partir de nuestra experiencia, nuestros lectores pudiesen descubrir algo de ellos mismos, algo de sus deseos, temores o inquietudes. Esto hace que hayamos dado a nuestro blog un carácter testimonial. Lo hemos escrito para informar sobre los lugares que hemos visitado y para transmitir nuestra experiencia del viaje. La información es útil por sí misma, pero nuestra experiencia tan solo es útil como inspiración.
Isla Magdalena, cerca de Punta Arenas (Chile, 2013)
De hecho, es posible que haya en nosotros una inclinación a hacer que nuestra vida entera –y no solo nuestro viaje- resulte inspiradora para alguien. En nuestro trabajo como docentes invertimos todos nuestros esfuerzos en ejercer una influencia enriquecedora sobre nuestros alumnos. En ello consiste nuestro trabajo, en el fondo. Y el blog tal vez ha sido otra vía en donde desplegar esta misma inquietud. Para nosotros la experiencia de escribirlo ha sido estimulante y enriquecedora. Y confiamos que los que lo habéis leído hayáis disfrutado tanto como nosotros al escribirlo. No descartamos la posibilidad de repetir la experiencia. Quizás para transmitir otra experiencia más compleja y apasionante: la de la vida misma, en su trascurso ordinario y aparentemente trivial.

Cuando viajamos somos capaces de descubrir lo excepcional de los lugares que visitamos. Sin embargo, metidos en nuestra vida rutinaria y cotidiana, es como si quedásemos anestesiados y perdiésemos nuestra capacidad de asombro. Sería fantástico poder hacer un ejercicio consciente por descubrir todo aquello que tiene de excepcional nuestra propia vida bajo su apariencia de insípida normalidad. Además, está la ventaja de la escritura. Cuando hablamos, pocas veces conversamos, en un sentido profundo. Nuestras palabras se las lleva el viento y todo son “dimes y diretes”. Todo es ruido y hay muy poco silencio. Cuando escribimos, nos tomamos nuestro tiempo para pensar lo que queremos decir. Y cuando leemos hacemos un esfuerzo inusual por comprender aquello que nos quieren transmitir. Necesariamente, la comunicación mejora. Tras este tipo de comunicación es inevitable que surja el deseo de una conversación genuina.
Escribir juntos nos ha ayudado a pensar juntos y a saborear más nuestra experiencia. Confrontar puntos de vista, descubrir sensibilidades diversas, hallar complicidades inesperadas y, en fin, viajar juntos, interiormente, nos ha acercado más. Éste es otro de los frutos de este viaje. Siempre hemos creído que formamos un buen equipo. Nuestro primer viaje juntos, también como pareja, lo hicimos como docentes a cargo de una veintena de adolescentes. Con ellos disfrutamos de los encantos de Italia y del despertar de su mirada en su salida al mundo. Pero lo mejor fue nuestra convivencia. Porque eso es lo más importante de un viaje. Entonces salimos reforzados como pareja. Ahora mucho más, no cabe duda. Nos conocemos mejor, nos toleramos mejor, nos aceptamos mejor… nos amamos mejor. Y para ello, los niños no han sido un problema, sino todo lo contrario.

Recuerdos
Durante el viaje la pregunta más recurrente ha sido: “¿es difícil viajar con niños?” Y nuestra respuesta era siempre la misma: “¡Tan difícil o tan fácil como vivir con ellos!”. Como cualquier otro compañero de viaje, los niños tienen sus necesidades y la clave está en respetarlas, como hacemos cuando viajamos con un amigo. Hacer compatibles tus necesidades con las suyas es un ejercicio mayor o menor en función de tu flexibilidad y tu capacidad de empatía. Renuncias a muchas cosas, pero al mismo tiempo te ofrece otras muchas que no podrías vivir con otros compañeros. Nosotros hemos intentado dejar que participasen en la elaboración de nuestra agenda. Hemos tratado de incluir actividades que les resultasen atractivas. Y, sobre todo, hemos tratado de respetar sus tiempos. Ellos, a cambio, nos han regalado su alegría y su asombro ante tantos descubrimientos. Nos han ayudado a percatarnos de detalles que nos habrían pasado inadvertidos. Nos han obligado a relacionarnos con los demás de un modo más directo y cercano, como no lo habríamos hecho por nosotros mismos. Y, desde un punto de vista práctico, nos han ahorrado multitud de colas y de gastos que, de estar solos, habríamos tenido la tentación de realizar (restaurantes, copas, excursiones exclusivas, etc.)

Como padres, el hecho de cómo criar a tus hijos es una preocupación permanente. Después de pasar tanto tiempo con ellos es inevitable cuestionarnos la manera que tenemos de enseñarles habitualmente. Por norma, tendemos a pensar que si pasáramos suficiente tiempo con nuestros hijos nos resultará más fácil, pero no tiene porqué ser siempre así. De hecho, nuestra experiencia, como experimento pedagógico, nos demuestra que no es así. Sin duda es bueno pasar tiempo con los hijos. La relación mejora, los vínculos afectivos se refuerzan y ganamos autoridad sobre ellos, una autoridad basada en la confianza y el diálogo. Pero eso no es suficiente. Hay muchos momentos en los que nada parece funcionar y el conflicto se hace patente. Por tanto, nos toca pensar en lo que hacemos, como padres, y en la manera como lo hacemos. Probablemente, la clave está en hallar el modo de respetar la integridad personal de nuestros hijos. Nuestro propósito tras este viaje es explorar decididamente otras formas de relación con ellos que les permitan ser ellos mismos al tiempo que aprenden a asumir todo aquello que les hará desenvolverse en la vida sin tropiezos.

Ferry Evangelistas, de Puerto Natales a Puerto Montt (Chile, 2013)
Muchas personas nos han insistido que es una lástima que los niños no se acordarán de la mayor parte de lo que han vivido durante el viaje. Pero a nosotros éste nos parece un enfoque equivocado. Aunque olviden muchas cosas del viaje, éste formará parte de su experiencia vital. Ellos, como nosotros, no recuerdan los cuidados que les fueron dispensados cuando eran bebés, ni cómo aprendieron a hablar o caminar, por ejemplo. Pero saben perfectamente que les cuidamos amorosamente y saben, así mismo, hablar y caminar con soltura. Algo semejante ocurre con el viaje. Una experiencia tan intensa como ésta es seguro que ha forjado su carácter en algún aspecto. Ahora tal vez sean más abiertos, más flexibles, más resueltos, más comunicativos, más fantasiosos, más creativos… Y ello se debe no solo a su normal desarrollo, sino también a la experiencia que han vivido durante estos meses. Su vínculo como hermanos se ha fortalecido, sin duda, al igual que el de todos nosotros, como familia.

En general, viajar por libre supone un esfuerzo. Pero en un viaje como éste, con niños y durante tanto tiempo, quizá más. De entrada supone salir del espacio en el que todo está bajo control y adentrarse en otro nuevo lleno de incertidumbres. Por mucho que intentes organizarlo todo, hay una infinidad de cuestiones que son imprevisibles y que nunca podrás tener atadas. Éste, sin embargo, es uno de los estímulos que nos impulsan a viajar. Si hubiésemos querido tenerlo todo controlado nos hubiéramos quedado en casa. Pero deseábamos que nuestra vida estuviese expuesta a la incertidumbre de lo nuevo. Nada despierta tanto el espíritu como hallar un nuevo horizonte cada día al levantarse. Ello implicaba una experiencia de desarraigo y distanciamiento. Porque es casi imposible ver la propia vida desde otra perspectiva si uno no se mueve. Nosotros decidimos tomar distancia respecto de nuestros referentes espaciales y temporales. Queríamos vivir en un lugar extraño, sin horarios ni agenda, dejarnos llevar por lo que necesitábamos y para ello queríamos disponer de todo el espacio y de todo el tiempo.    
 
Murales en las paredes de Valparaíso (Chile, 2013)
Esta es la razón por la que no íbamos “a trabajar”. A lo sumo podría decirse que íbamos a hacer un “trabajo que teníamos pendiente”. Inicialmente estábamos dispuestos a “trabajar duro” y nos ofrecimos a nuestros anfitriones para realizar cualquier tipo de tarea. Era un ofrecimiento sincero, por nuestra parte. Pero lo cierto es que no halló eco. Ésta ha sido una de nuestras decepciones. En realidad, casi nadie entendió lo que pretendíamos. Estamos tan acostumbrados a relacionarnos de acuerdo a un guión preestablecido que resulta anómalo salirse del mismo y pretender una relación sin mediaciones. En nuestro mundo, el dinero es el lenguaje universal. Toda relación se halla mediatizada por éste. El dinero es útil. Pero también puede ser devastador, puesto que hace que progresivamente no se conciba la relación entre extraños –o incluso entre los más próximos- si no entra en juego esta moneda de cambio. 

El dinero es como el sexo: todo el mundo piensa en él, pero una mayoría siente pudor al hablar de él. Incluso entre viajeros es un tema que se aborda con no pocas cautelas. Evidentemente, nadie duda de que el dinero es valioso. Nosotros tampoco, aunque pueda parecer que lo gastamos “a la ligera”. Pero pensamos que no tiene ningún sentido guardarlo o cambiarlo por cosas –es decir, por cosas tangibles, como una vivienda, un coche nuevo o cualquier otro artilugio. Porque entonces pierde buena parte de su valor ante nuestros ojos. A nuestro juicio, lo más importante del dinero es que nos permite vivir o, mejor aún, que nos ofrece la posibilidad de vivir intensamente. Y no nos referimos con esto a la dolce vita, por supuesto. Un ejemplo puede resultar clarificador, al respecto: es gracias al dinero que nosotros hemos podido vivir el gozo de estar con nuestros hijos desde el mismo momento en que nacieron hasta el mismo día de hoy. Nuestra posición económica y profesional nos ha permitido que al menos uno de nosotros estuviese en casa con ellos de continuo, sin que hubiese la necesidad de que ambos trabajásemos para ganarnos la vida. Tampoco concebíamos que en una etapa de nuestras vidas como ésta debiéramos invertir nuestro tiempo en ganar más dinero. Al contrario, preferíamos invertirlo en nuestros hijos. Porque nosotros entendemos que hay cosas –intangibles, la mayoría de ellas- que valen mucho más que el dinero y no nos duele gastarnos todo lo que tenemos, si a cambio nos volvemos ricos en este tipo de cosas que tanto apreciamos. La educación de nuestros hijos y la relación afectiva que mantenemos con ellos son algunas de estas cosas. Pero también lo son ampliar nuestra experiencia vital o profundizar en nuestra relación como pareja. Esta es la razón por la que nos parecía que este viaje era una inversión estupenda.

Pukara de Quitor, San Pedro de Atacama (Chile, 2013)
Por eso queríamos vivirlo a consciencia. Porque no era un mero capricho ni una ocurrencia que hubiésemos pensado precipitadamente. Era, más bien, una idea que habíamos madurado durante años, lenta y concienzudamente. Y para sacarle todo el jugo queríamos que transcurriese con la misma calma y parsimonia. De ahí que nos organizásemos para vivir un viaje lento y pausado, un slow trip. Queríamos saborear cada una de sus etapas, es decir, no solo vivir el momento, sino tener tiempo, además, para pensar en todo ello. Y hacer, con ello, que nuestros hijos tuviesen también tiempo para asimilarlo a su manera. Afortunadamente, nos parece haberlo logrado. Puesto que en las diferentes etapas ellos han podido establecer relaciones con las personas que hemos conocido e incluso han llegado a tener una noción relativamente buena del espacio en el que nos movíamos. También han tenido sus momentos de descanso y sus tiempos de juegos y aprendizajes. Al igual que nosotros, ellos “echaban raíces” fácilmente y el lugar se les volvía tan familiar que era una experiencia diaria el “volver a casa” independientemente del lugar en el que nos encontrásemos. En muchos de nuestros destinos, incluso, fue difícil el momento del adiós, de tan aferrados como estábamos al lugar. Para nosotros, porque sabíamos de lo improbable que es que algún día volvamos sobre nuestros pasos. Para ellos, porque viven unidos al momento presente y a veces les cuesta desprenderse de él para empezar a vivir el futuro. Por suerte, Ernest ideó un modo de hacer más fácil el liberarse de este doloroso sentimiento: imaginó un viaje futuro en el que volveríamos a todos estos lugares con un inmenso camión de bomberos-casa en el que cabrían todos aquellos que estuviesen deseosos de acompañarnos en un viaje alrededor del mundo.
Isla Isabela, Galápagos (Ecuador, 2013)
En este sentido, podríamos decir que la imaginación ha sido nuestra gran aliada. Nuestra mente ha llenado las horas muertas y ha suplido la escasez de medios con un sinnúmero de recursos. Nosotros hemos convertido la escritura en nuestro principal divertimento. Y los niños, con sus dibujos y sus historias, han arrinconado al aburrimiento hasta no dejar ni rastro de él, a pesar de contar con muy pocos juguetes. Pero no es solo eso. La fantasía es una fuerza primigenia en nosotros y cura nuestra alma de sus dolencias más profundas. Es así como sana al espíritu cuando se ve afligido por la nostalgia, la frustración o el desasosiego. También sirve para expresar deseos o satisfacerlos de algún modo y nos permite poseer aquello que amamos o desprendernos de aquello que tememos. Todo esto lo hemos conocido gracias a nuestras propias palabras, a los dibujos o a las narraciones de Ernest. Y lo hemos incorporado como uno de los aspectos más valiosos de nuestra experiencia a lo largo del viaje.
Viajando sin prisas hay tiempo para la creatividad
En efecto, el arte es nuestro lenguaje interior y el medio en donde mejor se expresa es en contacto con la naturaleza. Esto lo hemos experimentado en vivo en diversas ocasiones. Pero guardamos un especial recuerdo de aquella hora sublime de nuestra vida en el oasis del Bosque Yatana de Ushuaia. Resulta increíble descubrir lo que puede llegar hacerse con un basurero: recuperar un bosque nativo y convertirlo en un espacio donde el latido de la naturaleza se expresa como arte y resuena en el corazón de los hombres y mujeres que acuden allí esperando hallar un lugar de encuentro y comunión consigo mismos, entre ellos y con la misma naturaleza. Allí fue, precisamente, donde Ernest dibujó su primer bosque y, aunque después lo hemos visto dibujar infinidad de “artilugios” con pasión y entusiasmo, pocas veces lo hemos visto contemplar a su alrededor de una forma tan serena y relajada, ni tratando de plasmarlo sobre el papel con tanta sutileza y sencillez. Porque con los niños a veces sucede esto. Por una parte está lo que ellos dicen disfrutar, lo que les excita y les gusta con locura, y por otra parte lo que les hace vivir realmente esponjados y felices. De este viaje, Ernest ha disfrutado de los camiones de bomberos y los aviones, sobretodo. Pero él y Ferran nunca han sido más felices ni han gozado más dentro de su piel que cuando correteaban y saltaban por los senderos, a través de los bosques, junto al mar o en la cima de las montañas.

Bosque Yatana, Ushuaia (Argentina, 2013)
Volviendo ahora sobre nuestra experiencia, tan próxima a la naturaleza, llega a nosotros el eco de algunas palabras que, sin ser del todo conscientes, nos han acompañado y han estado presentes en cada uno de los mejores momentos de nuestros días: “Las estrellas inspiran reverencia, porque aunque siempre presentes, no dejan de ser inaccesibles; pero todos los objetos de la naturaleza crean una impresión semejante cuando la mente se abre a su influencia. La naturaleza nunca muestra una apariencia mezquina. El hombre más sabio no le arranca su secreto, ni sacia su curiosidad descubriendo su perfección. La naturaleza nunca se convirtió en juguete para un espíritu sabio. Las flores, los animales, las montañas, reflejaron la sabiduría de sus mejores momentos, como habían deleitado la sencillez de su infancia.” Estas palabras fueron escritas por Emerson, hace casi doscientos años, en un prodigioso ensayo titulado Naturaleza. Hoy, tal vez, podrían expresar la esencia misma de nuestra experiencia, el meollo de nuestra visión de la vida.

San Pedro de Atacama (Chile)
Ahora bien, quien desarrolla esta sensibilidad ante la naturaleza ya no puede vivir indiferente ante el despropósito que supone la tragedia medioambiental que ocasiona nuestro modo de vida presuntamente civilizado. Hay tantos aspectos implicados en este desmadre (la superpoblación, el uso indiscriminado de recursos naturales, la destrucción de espacios naturales, la extinción de especies, la precaria gestión de los residuos, el consumismo desaforado, la inconsciencia ecológica, etc.) que nos es imposible abordarlos ahora con detalle y sosiego. Pero, sin duda, cuando uno hace un viaje como éste, confirma sus peores temores al tiempo que se siente impelido a reclamar la necesidad de un cambio urgente y drástico. Hay atisbos de esperanza, sin embargo. Durante estos meses hemos conocido personas e instituciones que trabajan con ahínco por revertir este drama. Pero aún son una minoría y, en gran medida, son como enanos luchando contra gigantes. Para nosotros, no obstante, su luz, aunque pueda parecer tenue y lejana a primera vista, brilla como las estrellas en la oscuridad de la noche y nos sirven de guía en la travesía que nos disponemos a realizar de ahora en adelante. De hecho ya hay revoluciones en marcha, como la de la permacultura, que desde hace unos años ha revitalizado la sensibilidad y el discurso del ecologismo, más allá de ciertos postulados grandilocuentes y maximalistas que han alejado el ecologismo de las personas y de su relación inmediata con su entrono. Se trata de una vuelta a aquel sencillo lema: cambia tu vida para cambiar el mundo. Y en un contexto como el nuestro, de crisis intensa, esto parece tener más sentido que nunca.
Cuando uno contempla con algo de perspectiva la crisis actual –y nuestro viaje nos ha permitido hacer esto, hasta cierto punto- de inmediato se ve forzado a reconocer que ésta no es una crisis económica, meramente. La crisis económica es tan solo el síntoma de una crisis más aguda y profunda: lo que está en crisis –queramos reconocerlo o no- es nuestro modelo de sociedad. Desde la estructura económica de la misma hasta su organización sociopolítica por medio de los Estados-nación debe ponerse en cuestión, de ahora en adelante. De un sistema que se basa, fundamentalmente, en la competencia y el equilibrio de poder entre grupos y organizaciones económicas, sociales o políticas, deberíamos, tal vez, empezar a plantearnos la necesidad de reestructurar la actual red de relaciones para dar cabida, de forma preeminente, al individuo, como persona activa y consciente, y a la misma naturaleza, en la medida que constituye un patrimonio ecológico de todos que debe ser conservado a toda costa. 


Un ejemplo fabuloso de la revolución a la que apuntamos es la del cambio en nuestro enfoque respecto a la alimentación. El modelo alimentario actual pretende, a través de leyes y normativas, garantizar que lo que comemos cumpla estrictamente con unos criterios sanitarios mínimos. Pero también pretende asegurar la rentabilidad económica y la expansión de las grandes empresas del sector. Por el contrario, el pequeño productor agrícola se encuentra totalmente desprotegido y la preocupación por el medio ambiente es algo que no pasa de la pura anécdota. Otro modelo, sin embargo, está ya en marcha. Pero no desde los parlamentos o las grandes corporaciones económicas. Es fruto de la iniciativa de personas que ven el hecho de comer con otros ojos. A estos les importa que la comida sea saludable, por supuesto. Pero también quieren que el producto que llega a su mesa diariamente haya sido producido de un modo sostenible para el medio ambiente. Igualmente pretenden que la transacción económica que les permite acceder a estos productos alimentarios sea justa y que permita a los pequeños productores locales que cultivan sus tierras de acuerdo a criterios ecológicos mantenerse y prosperar adecuadamente. 

Valparaíso (Chile, 2013)
Nuestro retorno a casa viene marcado por todas estas reflexiones. Muchos de estos pensamientos nos vienen de lejos y han ido tomando forma, poco a poco, hasta cristalizar durante este tiempo que hemos estado alejados de casa y retirados del mundo. De ellos se desprenden propósitos grandes y pequeños que modificarán nuestra vida en diferentes ámbitos, desde nuestro trabajo hasta “nuestro pan de cada día”. Nuestras esperanzas e ilusiones han ido cambiando. Y aunque parte del cambio estaba ya en marcha antes de irnos –la experiencia de ver nacer a nuestros hijos y atenderlos durante sus primeros años de vida nos movió, por ejemplo,  a multitud de reflexiones sobre la educación y el modo cómo se organiza nuestro mundo-, lo cierto es que este viaje ha dado un impulso y ha consolidado nuestras ansias de cambio, hasta hacer que éste sea ya un proceso del todo irreversible.
Así es, a nuestra llegada veníamos con la ilusión y la alegría de ver a las personas que queremos. Pero también con la certeza de que empezamos una nueva etapa de nuestras vidas y de que tenemos por delante un trabajo ingente por realizar. Éste es otro viaje, tan apasionante o más, si cabe, que el que acabamos de concluir. Esperemos que los vientos nos sean favorables y que la suerte nos acompañe en este otro periplo que es la vida. 


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