ISABELA: LA REVOLUCIÓN TURÍSTICA AVANZA

Si uno llega a Puerto Villamil pensando que va a encontrarse con un pequeño pueblo de pescadores, está muy equivocado. Cuando uno empieza a informarse sobre las particularidades de cada una de las islas que forman este archipiélago, Isabela destaca por ser el mejor lugar para observar fácilmente la mayor parte de la fauna y, Puerto Villamil, aparece como un lugar apartado de los circuitos turísticos.

Sin embargo, en Isabela, está en marcha la "revolución turística", como le llaman aquí. En el año 2005 tan sólo recibió 3.000 visitantes, ahora somos ya, 30.000. La población está llena de hostales familiares de todas la categorías, multitud de agencias se organizan para llevar a visitar los principales atractivos turísticos, el transporte está muy bien organizado gracias a los taxis de la Cooperativa de Transporte Sierra Negra y los singulares camiones adaptados para llevar pasajeros.

 La plaza del pueblo está rodeada de restaurantes para turistas y, por todos lados, multitud de locales alquilan bicicletas o equipos para hacer snorckel. En el puerto abundan los aquataxis que van y vienen atiborrados de turistas y, al desembarcar por primera vez, hay que pagar un tasa de 5 USD "por ocupación del muelle".  
A pesar de ésto, los habitantes de Puerto Villamil sufren carencias notables. Muchas familias viven en casas muy humildes. El municipio no dispone de agua potable por lo que se ven obligados a comprarla y, por las cañerías, fluye agua salobre casi tan salada como la del mar. En la tiendas no se vende agua mineral, no existe, el agua embotellada es "purificada", se obtiene por  ósmosis inversa.
El suministro de alimentos es precario, sobre todo, de alimentos frescos. La dieta básica es el arroz. Impresiona ver cómo cuadrillas de porteadores lo descargan en grandes sacos en la playa desde las barcazas que vienen desde los mercantes atracados fuera de la bahía. Después los cargan en camiones que lo distribuyen por las tiendas del pueblo. La operación se repite para descargar muebles, electrodomésticos o material de construcción.
La energía eléctrica se produce en una anticuada planta con motores de gasoil y, la única gasolinera, depende del municipio. Destaca la sensación de que el pueblo está hecho a retazos. Muchas casas están a medio hacer, se acumulan escombros en los solares vacíos y, por el momento, no hay una oficina bancaria ni cajeros automáticos.  
Si bien, las inversiones públicas son evidentes en los últimos años. Aunque las calles están sin pavimentar, hace poco se remozaron las aceras con un buen enlosado de piedra volcánica y parece que todo está siendo preparado para un inminente asfaltado. Se ha hecho el mercado municipal, un parque infantil custodiado por dos esculturas gigantes de iguanas terrestres, la pista de voleibol cubierta -uno de los entretenimientos favoritos de los isleños- y se reformó el quirófano del centro de salud.  
Según informaba a través de la televisión local hace unos días el alcalde, o como él se autodenomina, "nuestro amigo de siempre", la próxima gran inversión será la instalación de un sistema de purificación y potabilización de aguas para el consumo humano. También está previsto la implementación de un huerto solar que vendrá a sustituir el actual generador de electricidad por gasoil. Imaginamos que, algún día, le llegará el turno también a las rústicas farolas que iluminan las calles del pueblo.  

Todas éstas mejoras para la población humana se están llevando a cabo teniendo en cuenta a las poblaciones de todas las otras especies que cohabitan con nosotros aquí y que siguen disfrutando del espacio con total naturalidad y tranquilidad. Suponemos que, en el futuro, las iguanas continuarán teniendo prioridad para cruzar las calles, que los lobos marinos seguirán teniendo asiento preferente en los bancos, las playas y las barcas y que las grandes tortugas terrestres seguirán yendo a misa en la parroquia dedicada a San Francisco de Asís. Amén.

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