LA LAGUNA DE LAS NINFAS: SER Y CRECER NATURALMENTE

Hoy decidimos tomarnos el día con tranquilidad. Por la mañana hemos visitado la Laguna de las Ninfas. Es un lugar realmente fantástico, que se encuentra, además, a escasos metros de nuestro hostal. Se trata de una de las numerosas lagunas que existen en este archipiélago y cuyos aportes de aguas son tanto oceánicos -gracias a las mareas-, como fluviales -por los numerosos riachuelos y por las surgencias subterráneas. Ello hace que estas lagunas constituyan un hábitat único, interesantísimo desde el punto de vista biológico.  


En general, este tipo de lagunas, enclavadas en medio del manglar, son lugares de extraordinario valor para la conservación de la biodiversidad del ecosistema. Pero particularmente, juegan un papel crucial para la crianza de muchas especies de peces. La baja salinidad del agua hace que estas aguas contengan los nutrientes necesarios para el crecimiento de los peces y por ello pueden verse en sus aguas millares de pececillos nadando en inmensos bancos.  
Con la fluctuación de las mareas, las distintas especies de peces se desplazan entre el océano y la laguna, buscando el grado de salinidad óptimo para cada uno de ellos, como si persiguiesen establecer una relación armónica y equilibrada con su entorno. Además, las intricadas raíces del mangle rojo ofrecen a estos seres acuáticos un cobijo inmejorable, así como las altas ramas del mangle blanco sirven a las aves para posarse en lo alto y otear en busca de alimento.  

Nuestro paseo por el lugar ha sido plácido y sereno. La paz y la quietud que se dejaban sentir en aquel paraje era tal que nos ha sido muy fácil dejarnos influir por él. Los niños correteaban alegremente por las pasarelas de madera. Nosotros disfrutábamos del silencio, de la brisa y de los matices del follaje del manglar. Todo nos inducía al sosiego y a la reflexión pausada.  
Los lugareños cuentan que este lugar está protegido. Pero no solo por las restrictivas normas del Parque, sino por un conjunto de ninfas que velan por salvaguardar la riqueza sin igual de este espacio singular, por su tranquilidad y por su riqueza.  
Tras pasar allá un tiempo maravilloso, hemos vuelto a casa con la sensación de haber conectado, de nuevo, con nosotros mismos y con un conjunto de pensamientos sobre la crianza y la educación que han animado nuestra conversación.
Nuestros juegos, escribiendo con frutos del mangle
Cuando uno observa la sencillez y la naturalidad con la que son criadas las crías de las otras especies es inevitable pensar si nuestro modo de educar a los hijos e hijas no adolece de una forzada artificiosidad. De hecho, cuando contemplamos un espacio de crianza tan idílico, como la Laguna de las Ninfas, nos asalta la duda de si nuestras escuelas no se parecerán más a aquellas horribles piscifactorías que montamos cerca de nuestras costas o en los ríos.   Observando a los alevines nadando en libertad y curioseando a su antojo en la espesura del manglar, es fácil pensar que aprenderán mucho más de la vida, de ellos mismos y del lugar que tienen reservado en la naturaleza que no aquellos otros que tan solo deben aprender que son criados para satisfacer el insaciable apetito de pescado del ser humano.
Algo semejante ocurre, en realidad, con nuestros escolares, a saber, que son educados más con la mirada puesta en su futura asimilación dentro de la sociedad y de la voraz estructura económica del momento que no en su desarrollo integral como persona, a través del autoconocimiento y de una integración con la sociedad respetuosa con su propia individualidad y con el entorno natural en el que viven.
Algunos de los carteles que ayudan a conocer las islas
Ello se debe, en gran medida, al hecho de que, a pesar de los ingentes esfuerzos realizados por padres, madres y educadores por imaginar una escuela diferente, las inercias y los malos hábitos adquiridos, en lo que a la crianza y la educación se refiere, nos alejan a menudo de la escuela que un día imaginamos para nuestros niños y nos hacen volver sobre una escuela que se ha mostrado como notoriamente insuficiente para propiciar un crecimiento que sea realmente abierto y enriquecedor para nuestros hijos e hijas.
Tiempo para reflexionar cuando se vive tranquilo
Al igual que resulta inevitable atender la infinidad de problemas sanitarios que se derivan de las condiciones de vida que soportan los peces en las piscifactorías, también en la escuela debemos hacer frente a un conjunto de problemas (hiperactividad, déficits de atención, conductas disruptivas, desmotivación, etc.) que se originan, en gran parte, a causa de las condiciones en que llevamos a cabo la misma labor educativa.
En cambio, cuando observamos a los seres humanos viviendo en un entorno natural, moviéndose de acuerdo con los ritmos que marca la misma naturaleza y en contacto con su propia naturaleza interior, se nos hace evidente que deberíamos ser capaces de conciliar las necesidades que impone nuestra moderna vida en sociedad con las necesidades propias de nuestro ser natural.
La marea baja en la playa de los Alemanes deja ver los manglares
Y si esto es importante conseguirlo en la vida adulta, muchísimo más lo es en el caso de los niños y niñas, por lo menos hasta que superan el umbral de la adolescencia. Porque es a lo largo de esta etapa de ss vidas, cuando pueden establecer un contacto profundo consigo mismos y tejer una relación con el mundo que les envuelve que sea, a su vez, armónica y fructífera.
Nuestra escuela debiera ser como un manglar, es decir, un espacio abierto, lleno de recovecos, de ambientes diversos, de modo que los niños y niñas pudiesen moverse libremente y explorar a su gusto, dónde pudiesen hallar el hábitat preciso al que se ajusta su propia naturaleza. Y los educadores y educadoras debieran ser como las ninfas, esto es, criaturas cuya presencia discreta, incluso esquiva, dejase a los niños y niñas la iniciativa y el protagonismo, cuya misión fuese, precisamente, preservar las condiciones en las que puede darse, de forma óptima, su aprendizaje y su desarrollo personal.

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