INICIAMOS LA TRAVESÍA DEL DESIERTO

Caldera. ¿Por qué se llamará Caldera? Tal vez sea por el calor asfixiante y húmedo que hace aquí la mayor parte del año... O por los metales que extraen de las montañas situadas al interior... Es este un lugar extraño, un puerto creado para dar salida a esos tesoros ocultos bajo la arena, el polvo y las costras de sal. Si no fuera por esos metales, aquí no viviría nadie.

La primera línea férrea de Sudamérica fue construída en 1850 precisamente aquí y unía Caldera con Copiapó. Hoy no queda nada de ella, excepto la vieja estación restaurada y reconvertida en un museo y espacio cultural. Tampoco el puerto, hoy decadente y adormecido, permite hacerse una idea del intenso tráfico de buques que tuvo antaño.  
Cuesta mucho imaginar el entorno que rodea a esta ciudad. Incluso después de haberlo visto, cuesta retenerlo en la memoria, de tan inhóspito como es. Para llegar aquí hemos viajado hacia el norte 500 km desde La Serena. Allí ya hablábamos de aridez y sequedad pero, frente a la desolación de estos paisajes, aquellos resultan amables o incluso acogedores. Poco a poco ha ido desapareciendo casi todo indicio de vida. No hay nada más que polvo y piedras. Por ello, el hombre ha de traerlo todo aquí, consigo, si desea establecerse. El lugar no le da nada, ni tan siquiera el agua. Poco ha cambiado desde que Charles Darwin anduvo por aquí hace casi doscientos años.  
Entre tanta piedra, no hay duda que cualquier amante de la geología disfruta a cada paso que da. En cada rincón hay detalles para la reflexión sobre el aspecto del paisaje o bien para la observación de procesos como la erosión. Las dunas, los bloques de granito meteorizados, las preciosas y rarísimas formaciones de granito orbicular, los estratos fracturados, los costrones de sal, los montículos de arena en las playas y los innumerables fósiles.  
Es curioso que sea durante estos días cuando ha surgido entre nosotros un debate con Ernest sobre las causas de la variación del nivel del mar. El tema surgió a partir de la lectura de una adaptación para niños del diario de Darwin en su viaje alrededor del mundo. En él se muestra uno de los dibujos que el naturalista realizó para explicar por qué se encuentran fósiles de animales marinos en zonas altas de la cordillera de los Andes. Darwin aducía que las montañas emergieron progresivamente, produciendo el efecto de un descenso del nivel del mar. Ante este esquema, Ernest expresa sus propias intuiciones al respecto y elabora sus propias hipótesis que se ajustan mucho más a lo que pensaban aquellos con quienes Darwin polemizaba al insistir en que la Tierra está en permanente transformación. Es mucho más fácil pensar que son las masas de agua las que varían que no las enormes cordilleras. Él pregunta insistentemente, mira el diagrama y escucha nuestras explicaciones con vivo interés. Pero lo cierto es que no lo tiene del todo claro y, por ello, aunque se siente atraído por la explicación darwiniana, su intuición se rebela ante sus propias observaciones y le hace dudar. Así, oscila de un posición a otra, y nos pide volver a leer el libro. De esta forma, Darwin ya forma parte de sus experiencias, le atrae su aventura, sus trabajos y sus nuevas ideas.

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