APRENDIENDO A VIVIR

Esta mañana, mientras los niños veían unos dibujos en la tablet, yo he decidido salir a dar un paseo. Eran las ocho de la mañana, el día amanecía espléndido, como siempre aquí, y anunciaba una jornada calurosa de sol implacable. Es necesario aprovechar las primeras y las últimas hora del día para pasear y después cobijarse bajo las acacias.

Durante el corto paseo hasta los costrones de sal que hay junto al Ayllu de Coyo he comprobado el agotamiento al caminar. Iba a paso lento pero la falta de oxígeno limitaba mi ritmo. Estamos a más de 2.000 m.s.n.m. Nuestros huesos deben estar trabajando intensamente para producir los glóbulos rojos con los que compensar esa deficiencia.  
Estamos en periodo de adaptación, dejando que nuestro cuerpo se aclimate al lugar. La próxima semana queremos hacer varias actividades que nos obligarán a estar al sol la mayor parte del día, a subir a más de 4.000 metros de altitud y a madrugar por la mañana cuando las temperaturas rozan los 0ºC. Ésto nos supondrán un importante esfuerzo y queremos disfrutarlas con las menores limitaciones posibles.  
Nos gusta pensar que la vida en sí es un permanente ejercicio de adaptación. Constantemente debemos prepararnos para los cambios y desafíos que han de venir, ya sea, el nacimiento de un hijo, la muerte de un ser querido, cambiar de trabajo, aceptar una vida en soledad, asumir que nos hacemos mayores, lidiar con una enfermedad...  
En gran medida, nuestro viaje es una de estas vivencias de adaptación. Viajar despacio era nuestro proyecto, vivir tranquilos y pensar en cada paso que damos, es la única forma que se nos ocurre de disfrutar el presente y anticiparnos, conscientemente, al futuro. Esto es, asumiendo con plena conciencia que somos vulnerables. No pretendemos controlarlo todo, a lo sumo aprender a dominar nuestros temores e incertidumbres y así saber adaptarnos a los cambios.

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