VIAJE AL CORAZÓN DE LUCILA GODOY ALCAYAGA

Cuando esta mañana hemos salido de La Serena de camino a la ciudad de Vicuña no esperábamos que el día fuese a ofrecernos tanto. Hemos viajado en colectivo (taxi compartido) a lo largo de una serpenteante carretera que bordea el cauce del río Elqui. Las montañas son secas y parecen inmensas pirámides debido a la enorme pendiente de sus laderas esculpidas. De nuevo colores marrones, grises y violaceos contrastan con los intensos verdes y rojos de las vides que ya otoñean. El cultivo de uva es la base para la producción de pisco. A medida que nos alejábamos de la costa la camanchaca se iba diluyendo y podíamos ver el cielo azul. Un clima más seco y soleado permite el cultivo de papayas que se mezclan con higueras y naranjos.

Para acceder a Vicuña hemos cruzado un largo y estrecho puente que a Pau le ha recordado a L'Orxa porque sólo permite circular en un sentido. Ha sido como llegar a un pueblo de la Mancha cuando el verano ya ha quedado atrás y las mañanas son frescas y soleadas. Sus casas de una planta, bien juntas, cerradas a la calle pero con un patio interior donde la vida florece. Hechas de gruesas paredes de adobe para protegerlas del recio calor del verano.   La Plaza de Armas está cubierta por enormes pimenteros de troncos retorcidos. Mucha gente iba y venía, los comercios bien surtidos, la Casa de la Cultura y la Iglesia abiertas de par en par. Muy buenas vibraciones por todas partes y, al llegar a nuestro alojamiento, la confirmación: ¡qué bien se vive en los pueblos! Nos hemos sentido a gusto desde el primer momento.
Tras pasar un rato en la Plaza espantando palomas y corriendo como locos, Ernest y Ferran han accedido a que les llevásemos al sencillo Museo de Historia Natural en el que, sin embargo, hay una interesante colección entomológica, fósiles de dinosaurios y otros especímenes destacables. Desde allí hemos ido a comer en el Club Social, un restaurante familiar que ocupa una antigua casona en la que hemos disfrutado del menú del día acompañados por la agradable música de los boleros. Así hemos viajado de la Mancha a México y no he podido evitar pensar en mi padre, en como hubiera disfrutado del momento canturreando entre sorbo de vino tinto y bocado de pan con pebre.  
Aunque después de comer siempre hay que hacer un esfuerzo para no irse directamente a echar una siesta, nos hemos animado a visitar el Museo Gabriela Mistral ubicado en lo que debió ser su casa natal.  No puedo describir adecuadamente la emoción que nos ha provocado esta visita. Partiendo de nuestra completa ignorancia respecto a sus escritos, la vida y obra de esta mujer nos ha llegado directamente al alma: quizá por identificarnos con ella en tantos aspectos. Su amor por la ruralidad, por los árboles y las piedras, su respeto hacia el desarrollo natural del niño, su entrega y dedicación como maestra, su sensibilidad espiritual y su heterodoxia religiosa, la sencillez de su estilo literario y la modernidad de algunas de sus ideas.

El museo consigue transmitir todos estos aspectos de la vida de Lucila Godoy y, lo que es más increíble, su presencia. Recoge objetos, sus libros y describe su biografía, pero sorprendentemente lo que permite transmitir quién era esta mujer son los espacios vacíos, la luminosidad del lugar, el movimiento fluido que provoca en el visitante, la continuidad entre el recinto interior y el exterior... Parece como si se acabara de levantar de su silla, hubiese dejado allí el tablero que utilizaba para escribir apoyándolo en sus piernas y hubiese salido a regar el huerto del jardín.
Para terminar la jornada Pau ha acompañado a Ernest al observatorio Mamalluca. Allí han disfrutado de la observación del cielo nocturno y ahora Ernest muestra en su libreta de dibujos todo lo que le ha inspirado esta visita.

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