HISTORIAS DE PERROS

Es inevitable, cuando viajas a un país diferente al tuyo, que tu mente vaya haciendo un ejercicio de síntesis y de abstracción, de búsqueda de aquellos elementos que caracterizan el lugar que poco a poco estás descubriendo. Si, además, dedicas tanto tiempo como nosotros, no sólo acaba siendo una postal en tu mente, también tú acabas formando parte de ella, interiorizas esa realidad y la haces tuya. Esto es lo que nos ha ocurrido con la presencia de los perros.
La relación de Pau con los canes es natural y espontánea. No me ocurre lo mismo a mí ni a los niños, pues no estamos habituados en absoluto a ellos y no nos sentimos relajados en su presencia. Pero si uno viaja a Chile, algo que tendrá que hacer es habituarse a convivir con ellos. Están presentes por todas partes, prácticamente en todas las casas en las que nos hemos alojado había un perro que formaba parte de la familia.  

Una de las experiencias más enriquecedoras para Ferran y Ernest ha sido aprender a jugar con ellos y disfrutar de su presencia. Caben aquí dos nombres propios: la Coca y Ron. Dos animales muy diferentes, pero con un rasgo en común: el haberse ganado el corazón de nuestros niños. Ambos todavía recuerdan con emoción las veces que jugaron con ellos a lanzarles el palo o la piña.  
Pero lo más destacable son las decenas de perros que viven solos y abandonados, pero respetados y tratados con cariño por los viandantes. Son los verdaderos dueños de las calles, los soberanos del país. Viven tranquilos, duermen, pasean, corren y ladran tras los coches más ruidosos. Nunca hemos visto que nadie les maltratara y son animales tranquilos, seguramente porque pasan hambre, pero también porque son libres y campan a sus anchas.  
Sin embargo, desde nuestro punto de vista, sirven de indicador para reconocer cuál es la realidad social del país, en la medida en que esta falta de sensibilidad hacia los animales, deja en evidencia otras insensibilidades más graves respecto a las flagrantes injusticias sociales que aún se dan aquí. Muchos están gravemente enfermos, tanto que sólo pensarlo nos estremece de nuevo. Otros aún están sanos, pero parece que aún buscan con mirada perdida a la persona que los abandonó y que guardan en su memoria. Viene a nuestro recuerdo la imagen de aquel precioso perro negro, sin nombre, todavía con la marca de un ancho collar en el cuello. Su pelo lustroso, su mirada franca pero agachadiza. Nos siguió toda una mañana en nuestro paseo por Niebla, cerca de Valdivia, hasta que subimos a un microbús y le dejamos en el arcén, nuevamente abandonado. Quizá sea ésta la historia de todos los perros que hemos visto.  
En un país como éste, en el que está enraizando con tanta fuerza nuestro modelo de la opulencia, tal vez la presencia de estos perros debiera servir para no olvidar que hay cosas mucho más importantes. A falta de un Diógenes capaz de remover conciencias, estos animales deberían despertar de algún modo ese sentimiento de humanidad que, por desgracia, a veces queda en un segundo plano.

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