VICUÑA: DE CAMINO AL VALLE DEL ELQUI

La primera sensación que uno experimenta cuando uno visita estos valles es la dificultad, cada mañana, de salir de la cama porque fuera el frío es intenso. Como aquí no hay bosques, no hay calefacción, así que uno opta por acurrucarse bajo el edredón -si es que lo tiene, como es nuestro caso- hasta que la necesidad le obliga a salir del nido. Los catarros afectan a más de la mitad de la expidición y empezamos a acobardarnos frente a la perspectiva de pasar quince noches en el desierto de Atacama...

Sin embargo, cuando el sol consigue alzarse por encima de estas cumbres de más de 4.000 metros, todo el valle se ilumina, aumenta la temperatura rápidamente, los pájaros empiezan a piar y nosotros nos activamos de inmediato. Al mediodía, caminar por sus polvorientos caminos resulta asfixiante, sobre todo para los niños. Estamos contentos por haber venido en esta época del año porque hacerlo en febrero, en pleno verano, hubiera sido absolutamente inviable. Seguro, nos hubiéramos visto obligados a cobijarnos como hacen los escorpiones, eso sí, con un refrescante jugo de papaya y naranja, junto a una piscina y un buen libro, la mayor parte del día.  
Ahora hemos podido recorrer el valle y descubrir sus encantos. Por suerte aún quedan retazos de la vegetación de rivera que hace unas décadas debía delinear el cauce del río. Esta vegetación asociada al río (juncos, cañaverales, álamos, chopos....) ha ido desapareciendo para dejar paso a las vides que ocupan casi toda la ribera del Elqui. Las terrazas escalan las laderas de este estrecho valle y los sistemas de riego permiten el cultivo de uva para producir pisco, si bien algunos lugareños ya empiezan a hablar de sobreexplotación.  
Lo más impresionante del lugar es imaginar el tiempo en que este remoto valle vivía con un ritmo propio y desconectado del mundo. No es difícil entender por qué Gabriela Mistral quiso ser enterrada aquí, en Montegrande, en la tierra en la que vivió su infancia y en donde despertó su sensibilidad poética y maduró su vocación docente. Tampoco nos extraña que decidiese legar parte de los beneficios derivados de su obra a los niños de este pueblo.  
Para nosotros el lugar nos ha brindado la ocasión de vivir un experiencía nueva, venciendo miedos e inseguridades. El señor Ramón Luis, tras una tranquila y sencilla lección, nos ha llevado a pasear con sus caballos. Su viejo "Barataso" ha servido de montura a Ernest y ha conseguido que disfrutara alegremente de este paseo. Mientras, Ferran charlaba por los codos y se quejaba de la "rapidez" de su caballo.

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