EL PUEBLO DE LA IGLESIA AZUL

Hemos pasado 24 horas escasas en Tenaun y nos hemos quedado con ganas de más. Es un lugar que ofrece todo lo necesario para un retiro íntimo y acogedor.

La familia de Mirella es encantadora,  nos ha ofrecido en todo momento todo lo necesario para hacer que nuestra estancia haya resultado estupenda. La habitación perfecta, la comida buenísima, las vistas del mar bien lindas... La guía LonelyPlanet dice que hay dos motivos para visitar este pueblito: su iglesia y la Señora Mirella. Eso es cierto, pero según nuestro criterio hay algunas más: las vistas de los Andes y sus volcanes nevados sobre los que sale el sol, la paz del lugar, las vecinas islas como la Mechuque, el pescadito y las ciruelas, las agradables conversaciones...


Nada más llegar tumbamos a Ferran en un sofá para que continuase durmiendo su siesta. Ernest desapareció porque se fue a jugar con Lucas, el niño pequeño de la familia.  A nosotros, Mirella nos puso un té y una empanada de manzana en la mesa de la cocina. Estuvimos hablando un buen tiempo mientras degustábamos el dulce casero. Después nos fuimos a pasear por la playa de pequeños cantos oscuro mientras ella nos preparaba la cena.


Por la noche dormimos como lirones y hemos desayunado con la familia mientras la luz de la mañana entraba en la cocina. Desde mi silla veía el manzano lleno de fruta en el jardín, el mar y los pequeños barcos de madera balanceandose en el mar sereno. Esta visión nos llevó a evocar nuestra casa de Campello y a pensar en aquellas mañanas de septiembre que desayunamos mirando al mar. Sentimos añoranza, son muchas las cosas que echamos de menos...


Hemos navegado a la isla Mechuque acompañados por Javier, uno de los hijos mayores de Mirella. Casi una hora de navegación atravesando el Canal Quincavi para llegar a un pequeño poblado de pescadores y agricultores. Como la marea estaba baja, desciende unos cuatro metros, todas las ensenadas estaban vacías y los palafitos de las casas podían observarse completamente. Aprovechando las horas de marea baja, algunos hombres se afanaban en colocar estacas y troncos allá donde iban a construir o ampliar una casa - los métodos de construcción en este país merecen un escrito a parte.
Hemos paseado sin prisas por este tranquilo lugar y regresado para el almuerzo. En la travesía hemos visto pingüinos y unos delfines han nadado junto a nosotros unos metros. Hemos comido ensalada de centollo, unas increíbles patatas cocidas y unos "pegereyes", pescaditos limpios y rebozados en huevo y harina riquísimos. Una maravillosas ciruelas del huerto de la casa han servido para culminar la excelente comida.



 Tras un breve descanso hemos ido a esperar el polvoriento autobús a la puerta de la iglesia. Iniciamos así nuestro regreso a Chonchi por la pista de tierra gris salpicada de humildes casas. El viaje ha sido relativamente rápido y, como ya vamos conociendo los vericuetos de la red de buses rurales, evitamos un trasbordo. Lo que sí hemos debido soportar es el viaje hasta el camino de Rucachelín en un bus atestado de pasajeros. Ferran, a pesar de no saber mucho de ésto sentía la incomodidad del viaje y no paraba de decir: "Tanta gente mamá, tanta gente" (léase "tanta" por "cuánta").


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