EL OSORNO O LA FUERZA CREADORA DE LA NATURALEZA

La naturaleza siempre es creativa, incluso cuando destruye está generando un nuevo mundo. Cuando observas las imágenes en satélite de los volcanes Osorno y Calbuco te das cuenta de que, al elevarse, han modificado este lugar al establecer las barreras que contienen el lago Llanquihue y el lago Todos los Santos. 
Toda obra bella, ya sea humana o de la naturaleza, es fruto de la constancia y de la contención. Este paisaje es una buena muestra de ello ya que el perfecto cono volcánico del Osorno se alza imponente hasta los 2.652 m y no ha sido destruido en sus sucesivas erupciones gracias a que ha ido liberando, de forma contenida, su energía a través de las más de cuarenta chimeneas adyacentes que se abren en sus faldas.   


Su magnificencia y la poderosa impresión estética que produce se debe, sobre todo, a que los colores combinan equilibradamente en este paisaje: el blanco azulado de los glaciares en la cima, los marrones rojizos de las coladas que alcanzan los frondosos bosques que ya pronto empezarán a otoñar y los azules en el cielo y el lago enmarcado en un conjunto de dimensiones inabarcables.   

Su magnetismo es irresistible. Al igual que las nubes se arremolinan en su cima, nuestras miradas se han dejado atrapar por él a lo largo de toda esta jornada, cómo si fuésemos devotos adoradores de la divinidad.  
Hemos llegado hasta aquí desde Puerto Varas en un pequeño autobús bien lleno de gente. Ensenada en realidad no es un pueblo, más bien son un conjunto de casas y alojamientos que se suceden a lo largo de la carretera que bordea esta orilla del lago Llanquihue. Nos hemos alojado en una preciosa casa alemana de principios de siglo XX, propiedad de la señora Karin Lückeheide. Me parece estar viajando con mi padre por Baviera hace ya unos cuantos años...   

No esperábamos que el día fuera a ofrecernos tanto y, sin embargo, nos ha regalado una maravillosa experiencia de contemplación e integración con este entorno. Lo mejor, tal vez, ha sido dejar ir el día, sin pretensiones, admirados con el espectáculo que se desarrollaba ante nuestra mirada. Tan metidos estábamos en este paraje de ensueño que, al final, ni tan siquiera nos hemos podido resistir a la idea de unirnos a la bella imagen que nos tenía tan cautivados y nos hemos zambullido en el lago. Los cuatro hemos compartido un momento especial y único, entre risas y gestos alborozados, en íntima complicidad.   

En lugares como éste, la distancia que hay entre los niños y nosotros parece desaparecer. Ellos, en armonía con la placidez del mundo exterior despliegan la riqueza de su mundo interior: inventan sus juegos, crean historias y disfrutan del tiempo sosegadamente. Mientras, nosotros les contemplamos embelesados y disfrutamos de la oportunidad que nos ofrecen de dedicarnos un tiempo a nosotros mismos y, en cierta medida, de hacernos semejantes a ellos.


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