COCHAMÓ: DESCUBRIENDO LA REMOTA PATAGONIA NORTE

Llegar a Cochamó no es tarea fácil. A pesar de ser la puerta de entrada a la Patagonia chilena, sólo una pista de ripio en bastante mal estado llega hasta aquí. Son dos horas en un viejo bus en el que sólo los lugareños y los forofos de la escalada se ven obligados a transportarse. Centenares de kilómetros de pista y numerosos lagos y estuarios han de ser superados para recorrer esta parte del continente.


La ubicación del pueblo es idílica. Está junto al mar, en el margen del Estero de Reloncaví. Los bosques cubren prácticamente toda la extensión del terreno, sólo hay algunas casas y zonas de pasto cerca de la orilla y, arriba, se elevan imponentes las cumbres de granito coronadas por el hielo de los ventisqueros.
La iglesia, de estilo chilota, es de madera envejecida y grisácea, su imagen domina sobre el fondo azul del mar tranquilo. Cuatro barcas reposan junto al faro. Las calles se suceden sin pavimentar. Dos hostales y un par de familias ofrecen cabañas donde alojarse para así poder completar sus ingresos.

 Tras varias consultas, decidimos hospedarnos en Patagonia Nativa. Habíamos visto la web. Es el alojamiento más moderno del pueblo. Una casa nueva, integrada en su entorno, con vocación minimalista, en la que Cristian, su joven dueño, ha decidido iniciar su segunda vida. Una breve conversación me hizo elegir su casa aún sin haberla visto. Acerté. Sabía que a Pau también le apetecería conocer la visión de una persona joven sobre lo que aquí está pasando.

Es la primera temporada de esta casa-hostal y, aunque dice estar satisfecho, la incertidumbre respecto al futuro de su negocio le mantiene aún separado de su mujer y su hijo, que permanecen en Santiago. Tras siete años de búsqueda recorriendo juntos esta parte de su país, decidieron empezar aquí un nuevo proyecto, por lo que él dejó su trabajo como vendedor de equipos informáticos en Santiago. Ahora, con el fin de la temporada turística, le espera un duro y solitario invierno, ya que no puede dejar abandonado por tanto tiempo su alojamiento.

Él es un apasionado de los deportes de aventura y un amante de la naturaleza de la región. La satisfaccion llena su mirada cuando nos explica cómo él mismo ha construido su casa, pero se le nubla cuando nos explica la dificultad que encuentra para comunicarse con la gente del lugar, para hacerles entender qué significa un desarrollo sustentable, un respeto y aprecio por la naturaleza y la necesidad de una equilibrada planificación turística como única salida para el desarrollo de estos pueblos.

Hemos mantenido interesantes conversaciones con él sobre algunos de los proyectos que amenazan este lugar, entre los que destacan los planes de empresas hidroeléctricas, como la española ENDESA, que construyen grandes represas en la zona para suministrar electricidad a la región metropolitana, con un gran impacto sobre los ecosistemas patagónicos, mientras estos pueblos siguen dependiendo del gasoil para tener luz.   Nos ha llevado a la pequeña playa a la que se accede a través de los terrenos del Sr. Nono, todo un personaje que merecería un "post" aparte. Sus castaños centenarios son impresionantes. Los niños han disfrutado con el agua mientras la marea bajaba velozmente, para sorpresa de Ernest.

También hemos visitado el maravilloso alerce del cementerio que queda como vestigio del bosque que una vez hubo allí.   Nuestro anfitrión nos ha ofrecido, excepcionalmente, sabrosas comidas y buen vino, con la ayuda en la cocina de Mónica, su madre, que está unas semanas de visita. Una mujer discreta y dulce, cariñosa y amable, que suponemos debe ser un importante apoyo para él.

Estas pequeñas historias han hecho que esta escapada haya sido un viaje especial, lleno de matices y de detalles preciosos. Como puede verse, seguimos apostando por proyectos personales de gente inteligente y vital. Nos reconforta encontrar personas dispuestas a tomar las riendas de su vida y a asumir riesgos. Por lo general, son personas muy críticas con la situación de su país. Pero sus acciones y su vida manifiestan el gran aprecio que sienten por esta tierra.

Antes de terminar, queremos recordar a Fifi y a Ron, una gata gris y un perro canelo, con los que Ferran y Ernest se han atrevido a jugar y con los que se han divertido, superando sus temores iniciales.

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